Título: Una relación, una experiencia

Autor: Emilio A. Sánchez Ramos

 

He de confesar que, a no tan temprana edad, comencé a tantear problemas tan
complejos como la geotecnia: ¡Me eché una novia!

Envuelto en este mundo que me perseguía por voluntad propia, descubría poco a poco
la densidad del asunto. Densidad aparente, me comentaban algunos compañeros más
experimentados, puesto que todo depende, según me decían, de las propiedades físicas.

Y es que según sus recomendaciones, todo se basa en un principio de si las partículas son finas o gruesas. Una opinión muy superficial a mi entender.

Frases como: “¡Pisa fuerte que paga el Ayuntamiento!”, jamás han tenido tanto
sentido para mí como en el momento en el que conocí a mi novia. Puesto que cuanto más sentido cobraba ese comentario, más consolidado parecía el terreno donde construir nuestros cimientos sobre los que reposaría una estructura estable.

Con el paso del tiempo, muy a mi pesar, entendí que la estabilidad de nuestra relación
dependía de más variables de las que esperaba. Y así fui descubriendo la complejidad que tiene la interacción entre dos cuerpos.

Y es que, con tanto “coeficiente de rozamiento interno”, que si “presiones intersticiales” y “cambios en el nivel freático”, “estratificación de suelos”, “flujos internos” y, en fin, otras “cargas externas”, se dieron unas presiones que no supimos controlar a largo plazo.

Colapsado y hundido durante meses, volví a apoyarme en mi equipo técnico: ¡mis
colegas! ¡Y es que no hay mejor compañía que gente del mismo sector, que te comprende!

Hablando de lo sucedido entre los más cercados, por supuesto con “birra en mano”, e intentando quitarle importancia a lo sucedido, compartíamos experiencias de las que
intentaba aprender.

Aquellos que tuvieron la oportunidad de comenzar antes en el sector y por lo tanto
contaban con más experiencia, se atrevieron a hablar de otros métodos de trabajo más
complejos como MEF o MILF, dependiendo del campo. No obstante, aquellos que estaban más a mi nivel me recomendaron hacer un estudio de campo más intensivo en el que entender las condiciones del terreno. Es decir, un estudio geotécnico.

A partir de entonces, y con la lección aprendida, no había semana en la que no
llevásemos a cabo dicho estudio de campo. Quedada oficial en la Plaza del Mercado de
Alicante a partir de las 12 pm con todo el equipo. Ensayos estándar como el SPT en el que olvidábamos del número de “golpes” al final del día y recogida de testigos para aquellos que dispusieran de laboratorio para hacer sus ensayos.

Tras meses y años de experiencia y después de muchos palos “pegaos”, como dirían
muchos de la construcción, aprendí a interpretar y comprender aquellas variables que definían mi querido terreno. Y con ello intuiría de forma aproximada su comportamiento.Y no es nada más ni nada menos por ello por lo que me enamoré de la Geotecnia.

Abierto queda este texto a interpretaciones puesto que ni el amor ni la geotecnia son
ciencias exactas.

 

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